12 julio 2006

EN AFGANISTÁN NO MURIÓ NADIE.-

Háganse a la siguiente ignaciana composición de lugar: el PP, con Rajoy de presidente, gobierna en España. Hay guerra en Afganistán. Y, con lo lejos que está Afganistán, España tiene allí tropas. Efectivamente. «Efectivos» se dice en el lenguaje de lo políticamente correcto. Suena menos militar. Así lo del Ejército, la fidelidad a la bandera y la defensa de la Patria se nota menos. Muy poco. Casi nada. Y por malas del demonio, cuando pasaba el vehículo de una patrulla de la Legión, con cinco novios de la muerte a bordo, los talibanes explosionan una mina anticarro. No en una acción bélica, ¿quién ha dicho eso? En una especie de fiesta de moros y cristianos, donde nuestra fiel Infantería emplea su ardor guerrero en hacer vibrar sus voces para pregonar: “¡Los chicles y los caramelos, los reparto! ¿Quién quiere pañales para los niños, al rico pañal?” La letal explosión de esa mina, por supuesto, no ocurre en combate. Como las tropas españolas no llevan más armas que las chocolatinas, y el blindado que ocupan es una carroza simpaticona, como las del desfile del Orgullo Gay, trátase obviamente de “un atentado”, no ataque enemigo.
El triste caso es que muere un soldado español de origen peruano: Jorge Arnaldo Hernández. Cuya muerte de héroe fallecido en combate frente al enemigo, con el distintivo rojo que se le niega (como suele ocurrir en estos casos), nos reconcilia con el respetado nombre de Arnaldo. ¡Vamos, lo mismito este heroico Arnaldo Hernández dando la vida por España, que ese otro Arnaldo, Arnaldo Otegui, causando tanta muerte para que desaparezca España!
Y sigan con la ignaciana composición de lugar, sin dejar de recordar en la parcial ucronía que todos estos hechos y sus explicaciones oficiales ocurren con el PP en el poder. Y háganse conmigo la siguiente pregunta: ¿dónde llegarían en tal caso las protestas contra un Gobierno que lleva a los soldados españoles a morir en una guerra que ni nos va ni nos viene? ¿Hasta dónde, hasta Pamplona o hasta Tenerife, se oirían los gritos de los afiliados al PER de la cultura, de los perceptores de subvenciones del cine y del teatro, encabezados por Pilar Bardem, con el acompañamiento de Almodóvar, Ana Belén, Víctor Manuel et alii consuetudinis, todos ellos con su pecho estampillado con el detente del «No a la guerra»? ¿No están oyendo el coro de los progres tertulianos del pesebre, pidiendo la inmediata retirada de nuestras tropas? ¿Y no el discurso de Rubalcaba, Pepiño Blanco, el otro y el de la moto, diciendo que España no se merece un Gobierno que le mienta, y que presente como atentado una acción bélica con resultado de muerte de uno de nuestros soldados?
Pues dejen de hacer la ignaciana composición de lugar y de pensar en las musarañas de la ucronía, porque nada de esto ocurre. Por el supremo principio de que como los que gobiernan son los nuestros, los progresistas, los que han logrado cercar a los fachas y van a traer la paz que quiere la ciudadanía (y el ciudadanío), pues, como siempre, No Passssa Nada. Los del “No a la Guerra”, de Belinda. Bueno, sí pasa: que Zapatero va a misa en la BRIPAC. Las misas del arzobispo castrense, por lo visto, son laicas. Como las misas por los muertos del Metro de Valencia. A ellas sí es de progre, ir. Y no como cuando las dice el Papa, que está hecho un Ratzinger de mucho cuidado.
España, como bien saben, ha ganado el premio al Juego Limpio en el Mundial. La selección de fútbol, se entiende. Porque de juego limpio en España hay cero cartón. Ni con la memoria de aquella nación en silencio, hoy hace años, cuando sin renunciar a la ley, sin claudicar, sin rendirnos, esperábamos sobrecogidos que sonara el tiro en la nuca de Miguel Ángel Blanco. El juego limpio del Gobierno aquí es, aproximadamente, como el cabezazo de Zidane contra el pecho de Materazzi. Llamo Materazzi a diez millones de españoles, a la Constitución y al Estado de Derecho.
Antonio Burgos.

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